En tiempos donde el debate público se detiene, a veces con asombro y otras con burla, en fenómenos como los therians —personas que se autoperciben animales—, la política ofrece su propia versión de la autoperccepción. No siempre tan explícita, pero igual de reveladora.
En el escenario electoral reciente proliferaron figuras que se autopercibieron outsiders, emergentes, ajenas al sistema y al Estado que decían venir a cuestionar. El rótulo funcionó: lo nuevo siempre seduce, especialmente cuando se presenta como antídoto frente a una política agotada. Sin embargo, una vez pasada la campaña, los documentos suelen ofrecer una lectura menos performática y más precisa.
El caso de la diputada María Soledad Molinuevo encaja con esa lógica. Mientras el discurso público la ubicaba en el universo del sector privado y de la renovación, los registros oficiales muestran una trayectoria previa como funcionaria del Estado nacional, con continuidad, jerarquía y prórrogas administrativas debidamente publicadas. Según la Resolución 1251/2025 del Ministerio de Capital Humano de la Nación, Molinuevo se desempeñaba como funcionaria del Estado nacional y su designación fue prorrogada hasta diciembre de 2025. El cargo —Asesora Principal y Responsable de la Agencia Territorial Tucumán de la Secretaría de Trabajo— no es menor, ni simbólico, ni transitorio: forma parte del escalafón alto del sistema administrativo nacional.
No se trata de una acusación ni de una anomalía jurídica. Tampoco de una rareza aislada. Se trata, más bien, de una disonancia entre la identidad política construida y la identidad administrativa documentada. Una forma de autopercibirse emergente cuando, en los hechos, se formaba parte del entramado estatal que se decía observar desde afuera. Aunque a esta altura uno ha perdido la capacidad de asombro, no deja de sorprender la facilidad con la que ciertos relatos se adoptan como identidad política, aun cuando los papeles —esos que no se autoperciben nada— narran una historia distinta.
Tal vez sea una de las marcas de época: no sólo se discute quiénes somos, sino cómo elegimos presentarnos, incluso cuando la realidad escrita insiste en corregirnos. Porque, al final, los relatos pueden autopercibirse muchas cosas. Los expedientes, no.










